DETRAS DE MI

Detrás quedó
la casa vacía de recuerdos,
el país que ya no encontraba,
el océano de contradicciones
entre lágrimas y ganas.

Detrás de mí,
viene mi sombra,
cargada de maletas
llenas de vida acumulada,
viene asustada,
por el llanto, los suspiros
y profundos silencios
que se me escapan.

Me adelanta,
vigila mi miedo,
lo calma.
Fiel y silenciosa
conmigo avanza,
vestida de esperanza.

Las palabras escritas
y las imágenes vividas,
en la nube guardadas,
es el único tesoro
que nos acompaña.

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TIEMPO DE PODA

Anoche no estuve sola con la almohada, las lágrimas y el cansancio se quedaron conmigo en la cama, se intercambiaban el protagonismo, las horas se hacían largas; el cansancio dominando las vencía y ellas al rato regresaban, amargas y a la vez dulcemente serenas drenaban la tristeza que inexplicablemente me acompaña. La luna asomada, inquietando aun mas mis entrañas también se quedaba adornando la estancia con su luz de plata. Anuncian de nuevo cambios en mi alma, y yo como siempre al principio me resisto, me aferro a lo conocido hasta ya no poder, para finalmente dejarme vencer.

Así se forja el temple, dicen; la sabiduría y la intuición me avisan, con paciencia la pulen de nuevo para prepararla, pero antes sacan el sobrante que hay en esa nueva capa añadida de experiencia ganada. Me resisto, y duele, cambios desde adentro que brotan con fuerza, algunos como lava incandescente erosionan, otros como manantial, con arrojo, limpian; cambios desde afuera, que golpean como las olas en el acantilado, me van tallando, cóncavo y convexo, formas y vetas al descubierto, algunas aristas quedan, necesarias para mantenerme alerta. Es un proceso doloroso, a veces silencioso, otras desgarrador, siempre sanador si te dejas llevar, porque renaces, desconectas, sintonizas con tu ser, para reinventarte.

Me detengo, debo hacerlo, para podar mis ramas débiles, para ganar firmeza, fortaleza, crecimiento y así, volver a florecer.

Ahora llueve y la luna se esconde entre las nubes, el sonido me calma, me da pausa, me lava la cara.

REFLEJOS DE UN AMOR IMPOSIBLE

Se miraba, la quietud le invitaba; hacía tiempo lo evitaba, temía que su propia imagen no le agradara. Los secretos ocultos, así seguían en sus brazos, acumulados, guardados, formando parte de su plenitud alcanzada.

Se miraba, en la suave distorsión que su compañero de vida provocaba con el susurro aquietado de sus entrañas. Enamorado de él estaba, en silencio los dos con locura se amaban, sin apenas tocarse, se deseaban, se necesitaban.

Los que bajo su sombra anidaban testigos eran de esa pasión desbordada; no se tocaban, solo cuando el viento o la lluvia recuerdos dejaba sobre el lecho de su amante que agitado también lejos se los llevaba, o cuando éste, desbordado, sin cauce, hasta él llegaba haciéndose el amor con locura desenfrenada, sin testigos, solo el cielo tormentoso como si de un amor prohibido se tratara.

El amante inquieto, a veces oscuro, profundo, turbio, se le insinuaba, le volvía loco su quietud indiferente, otras sereno con su mirada fugaz lo acariciaba.

CAMILO Y MI PRIMER BESO

La noticia sobre la muerte de un ídolo de la música de una generación, nos conmovió; surgió en la década de los 70 sonando con otros grandes: Nino Bravo, Leonardo Favio, Rafael; yo crecí escuchando a mi madre cantar canciones de Rafael, boleros de los Panchos y Eydie Gorme, canciones de su tierra en gallego y de cuando en cuando nos poníamos las castañuelas y yo jugaba a bailar siguiéndola.

Todo ese romanticismo y alegría de esa época, la primera década de mi vida, penetró mi alma, junto con sus vestidos camiseros marcando cintura, los vestidos de noche de falda armada y telas brillantes, zapatos y carteras amarillos, verdes, naranjas (teníamos 5 zapaterías así que calzado no nos faltaba), medias panty a juego. Cuando llegaron los Beatles la cosa cambio un poco, también las escuchaba, daba algún paso de twist, pero ella no entendía sus letras por lo que seguía cantando boleros y coplas.

Cuando cumplí 10 años tuvimos un revés económico, fuerte, lo perdimos todo, casa y negocios y eso trajo tiempos de escasez, ya no se escuchaba música, ni el canto de mi madre y nos quitaron de golpe la ilusión de San Nicolás y otras cosas. Por un tiempo vivimos en la casa del mejor amigo de mi padre que nos amaba, no asi su pareja, por lo que fue un tiempo muy dificil de llevar. Mi madre lloraba, y hasta mas de una vez quiso marcharse de vuelta a su tierra; fueron 4 largos meses hasta que pudimos mudarmos a un pequeño apartamento de dos habitaciones sin muchos muebles, ni adornos, y pronto comenzó de nuevo a escucharse la música y los tonos elevados de mi madre; yo compartía habitación con mis dos hermanos varones que me hacían la vida de cuadros, pero la felicidad de un hogar nuestro volvía a sentirse.

Comenzaba la década de los 70 y yo la adolescencia; era muy alta para mi edad, tenía cabello largo castaño claro y todas las hormonas alborotadas; por supuesto que me enamoré de Camilo Sesto, de todos sus temas y de él. Ahora también yo cantaba en casa; al llegar del Colegio tenía que hacer tareas del hogar y ayudar a mi madre que se iba a trabajar al nuevo negocio familiar y la manera como mejor llevaba toda esa carga era cantando, pelaba ajos que lo odiaba y cantaba temas de Leonardo, de Nino y de Camilo. Mi preferida “Jamás, jamás, he dejado de ser tuyo…” y a Escondidas que despertaba en mí muchas cosas…, mis enamoramientos platónicos, soñando con las miradas furtivas de los chicos que me gustaban, en las escaleras de aquellas Residencias Udón Pérez. Mi amiga Regina, que también vivía en la misma residencia, y yo, soñábamos con Claudio, con Gerardo, con Hilario…

Sonábamos despiertas, dormidas, jugando, en todo momento embobadas; todas las tardes salíamos a verlos pasar, verlos jugar y moríamos por recibir el primer beso de alguno de ellos. Y es que casi que era una competencia aquello del primer beso; igual pasaba en el pasillo del colegio, en el recreo, nos sentábamos a escuchar las andanzas de las más precoces en esa materia y daba susto y daba deseos y nos daba de todo, hasta que pasaban las monjas o el profesor de guardia. Si aquel pasillo hablara…Y un día, no muy lejano, me toco a mi contarlo.

Mi primer beso fue gestado en una verbena del colegio y concretado en una sala de cine del Teatro Avila, justo así, como una acto de independencia; la película no la recuerdo, lógicamente, solo el primer beso; era un flaco como Camilo, usaba esos pantalones de bota ancha y llevaba el cabello igual, ponía sus manos sobre la correa ancha y te lanzaba esa mirada melancólica, solo le faltaba tener el color de sus ojos. Después del primer beso, de su emoción y morbo, solo logre verlo dos veces más, a escondidas claro…

Fotografía: Regina y yo, año 1970, en la inauguración de los Juegos Bolivarianos en Maracaibo, Venezuela.

ESE POSTRE Y YO

Era tarea pendiente, muchas veces postergada, un recuerdo de mi adolescencia, de aquel viaje inolvidable por muchas razones, hermosas la mayoría.

Un día de ese agosto caluroso salimos de paseo en coche toda la familia a recorrer pueblos de montaña, nos adentrábamos en en el hermoso país donde nació mi padre alejándonos de la costa azul que lo adorna; Beirut lucía hermoso, como siempre, también en la distancia; los paisajes que la sinuosa carretera iba desvelando sacaban miradas de asombro de mis inquietos ojos de quinceañera; al final de aquel maravilloso día nos detuvimos para comer en un lugar con una terraza con vistas increíbles adornadas de suspiros que surcaban el cielo como si gaviotas fueran; el sol se ponía ruborizando la tarde de escandalosos fucsias y naranjas y la suave brisa te acariciaba el rostro dejándolo impregnado de tantos aromas.

En un abrir y cerrar de ojos la mesa larga de madera rústica se llenó de delicias, platos multicolores pequeños, medianos, grandes, llenos de exquisiteces, el imprescindible pan pita en todas sus versiones, y las manos de todos revoloteando sobre ellos como abejas en las flores. Crecí con esos sabores, fuertes, distintos, con esos aromas, así que para mí en aquel momento lo asombroso fue la puesta en escena tan llena de tanto. Mis tíos me animaban a probar, mis primos se reían con mis cosas, yo apenas pronunciaba palabra, acostumbraba mi oído a aquellos sonidos, un diccionario inglés-francés-español era mi compañero más fiel en aquel viaje, y aunque la apuesta era a que en tres meses hablara árabe, al final hablé muy poco, lo justo y necesario para defenderme, era muy tímida y más en aquellas tierras lejanas, sola con la familia de mi padre a quienes veía por primera vez.

Tía Inaya y yo en ese día de paseo – año 1972, Líbano


Volviendo a aquella tarde, llego el momento del postre, el arak seguía en la mesa ya despejada, las risas también sobre ella como mariposas, y de pronto, un aroma a mantequilla nos fue arrebatando, hasta que se posó en medio de nosotros, en forma de bandeja grande, redonda, humeante, recién salida del horno de piedra, adornada del dorado de la masa filo, el queso derretido que se asomaba burbujeante, cremoso, y el broche para aquella espectacular escena, el hermoso acto de bañar aquella superficie crocante con el almíbar de agua de rosas que suavemente se derramaba de la jarra de cerámica filtrándose delicadamente; maravillada estaba, aquello se quedó para siempre en mi recuerdo de aromas y sabores en cantidad necesaria para toda la vida.

Por alguna razón no volví a probarlo y no tenía idea de cómo hacerlo. La primera pista, fue en una de esas tardes de amigas que compartimos en casa de mi cuñada Nathy; mi tocaya Leila nos enseñaría a preparar 5 postres deliciosos y cual sería mi sorpresa, que una de las recetas era el Kinafi, allí supe su nombre y qué ingrediente lograba aquella textura, sin embargo, faltaban detalles, producto de la tropicalización propia que sufren algunas recetas traídas por los inmigrantes; el trópico, y en especial el Caribe, pronto ponen su sello en cualquier plato, y así pasaba con esta versión, deliciosa sí, pero que no superaba a la de mi recuerdo, que quizás, estaría magnificada por mi memoria.

La inquietud seguía, pero los ingredientes escaseaban y no me invitaba la idea de hacerlo a medias. Así que continué investigando, cada vez que el recuerdo me asaltaba, cada vez que las ganas me provocaban.

El día a día en un país que nos hacía imposible la vida me absorbió por completo, dedicada a trabajar y prepararme para emigrar, mis deseos pasaron a formar parte de una lista de asuntos pendientes y así transcurrieron unos años más. Ahora, de este otro lado del mundo, desde el lugar elegido para reencontrarme conmigo misma, con la vida, la lista de deseos salió del gavetero de mi memoria y allí estaba de nuevo la inquietud. Abrí mi libreta de notas del teléfono e hice la lista de ingredientes y me puse en ello, tuve que buscar mas información, pues el problema ahora no era la escasez, sino la gran variedad de todo y elegir el correcto no es tan fácil: masa filo, mantequilla, sémola, ricotta, mozarella, leche, azúcar, agua de rosas.

Pasaron los días y siempre un pretexto: cansancio, falta de tiempo, etc… pero la verdadera excusa era mi miedo. Siempre me pasa, mi temor a equivocarme, el querer la perfección desde la primera vez me detiene, me posterga las ganas, me sabotea, hasta que hace dos domingos me atreví, experimenté preparando dos versiones para ver cual resultaba mejor y creo que lo logré, aquel sabor volvió a mí, como aquella tarde de verano, después de muchos veranos, justo ahora que estoy en la costa occidental de aquel mismo mediterráneo hermosamente decorado de azul intenso.

Mi versión del Kinafi

QUIZAS YA NO…

Quizas ya no soy
la que era antes,
ahora mas ligera escapo
cuando quieren atraparme.

Ventanas y puertas
siempre abiertas,
que mis pensamientos
y deseos fluyan,
sentir las caricias del sol
y la dulce compañía
del viento y sus compases.

Observar el paisaje,
y si se me antoja,
cuando quiera,
poder marcharme,
sin dramas, sin tristezas,
antes de que el silencio
me atrape.

QUERIDO AMIGO

Finalmente aquí estoy, en una sala llena de personas esperando abordar; no puedo dejar de pensar que este viaje estaba pautado para los dos, trato de calmar mi corazón agitado, mi temblor emocionado, pero no puedo, ni siquiera quiero disimularlo.
Sentimientos encontrados me abordan, hoy más que nunca te extraño, tú debías estar aquí, es algo que haríamos juntos; bien sabes que soy un manojo de nervios, y tú seguramente estarías de lo más tranquilo mirándome con esa cara tan tuya, riéndote de mi estado.
He visto algunos colegas nuestros ir y venir por estos largos pasillos tan llenos de todo, y eso, quieras o no, me tranquiliza un poco, sabes que esto de volar no es lo mío. Menos mal que no voy solo, todos los que habitaban en La Picola se vienen conmigo, así que voy rodeado de amor y con soporte emocional, tal como lo aconsejó nuestro psicólogo pues siendo mi primera vez sería algo demasiado estresante para mi edad.

¿Recuerdas aquellas noches nuestras cuando ella se marchó? la soledad que sentíamos y al mismo tiempo la intranquilidad por saber que a su regreso terminaría de arreglar todo para irnos al otro lado de ese gran charco? Baalbek, quieta y silenciosa nos acompañaba, las esbeltas y verdes palmeras con su elegante y acompasado vaivén nos arrullaban, el mal hablado alcaraván alegre y vivaz, en vuelo rasante a la medianoche nos despertaba; la luna sigilosa custodiando los sueños que se quedaron allí guardados y la incertidumbre de una nueva vida instalada en nuestras almohadas inquietándonos. Esa luna tan cambiante, que nos entregaba sus besos cada noche y que nos anunciaba cambios, y yo sin imaginar entonces, cuántos y lo que significarían para ambos. Ella, nuestra amada, no volvió por sobradas razones y nosotros debíamos esperar nuestro turno.

Después de tu partida amigo querido, nada fue igual, me mudé a La Picola, lo que quedaba de la familia se reagrupó allí para sortear la crisis del país; Baalbek quedó sola con sus recuerdos, el silencio y el polvo de la quietud ahora la habitan, no sé qué pasará con ella y su belleza. Enfermé, me deprimí, todo consecuencia del mismo maltrato que nos dieron aquella noche que te costó a ti la vida. He envejecido, ya no soy el mismo, he perdido mi estilo, mi vitalidad, pero no mi ánimo, vivo para volver con ella, abrazarla y pasar mis últimos días a su lado.

Cuando hablamos por videollamada me anima diciéndome que haremos largos paseos por el río lleno de hermosos patos, personas que van con sus niños y mascotas, que la primavera me espera con los cerezos en flor y las golondrinas revoloteando. Me dice que usare elegantes abrigos y en invierno haremos largas caminatas por la rambla, ese lugar del que tanto habla y que me pone algo nervioso, claro que lo haremos a mi ritmo, ella se dará cuenta pronto.

Me ha contado también, que en nuestra ecuación ahora hay que sumar a un catalán, esto sí que no me lo esperaba, sabría que alguien pronto la encontraría, la atraparía por su singular encanto, pero quería estar allí para ayudarla a escoger al correcto; ya te contaré, pero bien sabes que es él quien se tendrá que ganar mi confianza. Si tu estuvieras aquí ya seríamos dos para mantenerlo en su sitio. Bien sabes que me cuestan los cambios, que soy muy territorial, desconfiado, pero tratare de adaptarme: de casa a un piso, de América a Europa, del trópico a las cuatro estaciones, y de su soltería a una pareja, vaya con ella que no para aún a sus 60.

Este viaje es una apuesta amigo mío, interminables chequeos médicos y tratamientos para saber si podía aventurarme no garantizan que lo logre, pero intentaré resistir y llegar para abandonarme en sus brazos. Será una larga travesía, varias escalas, controles. En el fondo de mi corazón siento que esta es mi última misión importante en esta vida: llevarlos a ellos para que estén a su lado y voy además, representando a todos los que ya no están de este lado de la familia. Me siento feliz, orgulloso y aliviado.

Sé que cuando se abran aquellas puertas de salida en el aeropuerto, ella me encontrará rápido con su mirada y allí se borrarán estos tres años de interminable espera; también sé que llorará porque faltarás tú, mi amado Totto.
Por siempre,
Mateo Alejandro, tu schnauzer favorito.
Pd. Sigues con el chip?

SÍ, FUI COMO TU

Mírame!
sí,
fui como tu…

Escúchame!
sí,
serás como yo…

Tu piel también
pasará de moda.

Debajo
de mis tonos grises
mi alma vibra,
canta, siente, desea…
aún se percata
del sol, del viento,
de la luna y las noches estrelladas.

Y a través de la neblina
de mis ojos
veo el desdén, la mueca,
el desprecio de aquellos
para los que ya
no somos nada…

SOLA

Sola,
me he quedado
acompañando las ramas desnudas de mi árbol.

Resisto,
cuando mi amigo el viento
me anima a irme
diciéndome que ya es tarde.

Persisto,
aun cuando se
que por mi edad
no es mucho
lo que puedo darles.

Disfruto,
del cielo y su humor tan cambiante,
de noches de luna
y estrellas brillantes,
de los pájaros que me visitan buscando casa
para en primavera anidarse.

Vigilo,
los nuevos brotes
que ya comienzan asomarse,
para darles la bienvenida,
contarles los secretos
y poder marcharme.

MIS AMIGOS

Extraño ese aroma,
la fragancia de mis amigos,
el calor de sus abrazos,
las endorfinas que me produce
la algarabía de sus risas.

Extraño la melodía de sus palabras,
siempre acorde con mi alma,
las caricias de sus miradas
calmando todas mis ansias.

Extraño nuestras tertulias,
la sobremesa prolongada,
los paseos al mar, a la montaña,
tomarme una copa de vino
escuchándolos embelesada,
consentirlos, agasajarlos,
inspirarme en ellos,
dedicarles mis palabras.

Fotografía del día Sombreros y Tacos en Maracaibo, Venezuela